Las actuales metrópolis contienen múltiples comunidades culturales que piden mantener sus propias expresiones, a la vez que quieren contribuir, junto con los otros, en el futuro común. Las ciudades son, y serán cada vez más, crisoles de identidades, de múltiples lenguas, diversas tradiciones o prácticas religiosas diferentes.

Podemos observar que una persona ataca a otra por su pertenencia a un grupo social determinado, por ser de nacionalidad diferente, por su etnia, por ser pobre, por no tener hogar, por su orientación sexual o su identidad de género, por su filiación política o por tener una discapacidad. Los discursos de intolerancia se enraízan y parten de valores predominantes en el conjunto de la sociedad y sirven para invisibilizar las causas reales de aquellas violencias que solo pueden ser percibidas por sus consecuencias concretas, como la pobreza extrema, la violencia de género, la segregación espacial o las personas sin hogar. Todo ello provoca la aparición de discursos de intolerancia y odio.

Las ciudades y territorios de paz deben fomentar de tolerancia y respeto a la diversidad, así como promover la convivencia y el diálogo. A través del impulso de políticas de cuidados, orientadas a reducir la “vulnerabilidad construida” y a garantizar el respeto a los derechos humanos.