El crecimiento económico de un país o de una ciudad no tiene por qué suponer la disminución de la pobreza. La desigualdad de ingresos ha crecido de forma acusada desde 1980, a pesar del crecimiento económico. El aumento de la desigualdad ha supuesto que el 1% de las personas con mayores ingresos en el mundo reciba una proporción dos veces más elevada del crecimiento que el 50% de menores ingresos desde 1980.

Las ciudades absorben un flujo migratorio de personas que intentan mejorar sus condiciones de vida, llegando a ciudades donde la economía principal es la terciaria, con subempleos y una importante segregación espacial (favelas o slums), que distribuye a la población en el espacio urbano según el nivel de renta. Así, se han formado extrarradios muy deteriorados donde la desigualdad y la segregación espacial replican las desigualdades económicas y contribuyen a que perduren en el tiempo.

Las ciudades y los territorios, en su conjunto urbano-rural, son escenarios de violencias generadas por estas desigualdades. Pero, también, son escenario donde se pueden y se deben emprender iniciativas que incidan en las oportunidades de mejora de las condiciones económicas, del empleo, la igualdad, la equidad, la sostenibilidad o los derechos humanos.